lunes, 26 de noviembre de 2018

Me duele la vida



Conocí a una maestra que solía decir… “quien bien te quiere te hará llorar”. Cuando tenía diez años no lo entendía.  Ahora tampoco.
La vida ha de quererme mucho porque llorar sí que me ha hecho llorar, y mucho. Salvo las lágrimas de alegría cuando nació mi hijo, todas han sido de tristeza.
El dolor es parte de mi vida. Puede me haya hecho madurar pero también me ha ido hundiendo sin compasión en la amargura cuando no lo he ignorado o no le he vuelto la espalda. Entonces se ha convertido en sufrimiento. Hoy no puedo mirar mi dolor de frente y eso no es voluntario.  No lo busco pero sigue llegando una y otra vez y me destruye del todo.
Es como un huracán que arrasa todo lo que encuentra a su paso, está dentro de mí y no puedo evitarlo porque mi presente me aniquila, los recuerdos siempre se convierten en llanto y termino por hacer añicos todo futuro por no poder esbozar ni una sonrisa, añorando un único abrazo capaz de pegar todos esos trozos de mi que son mi alma derrotada por llorar sola, por no querer que me vean llorar, por no permitir que vean que he llorado.
Y cuando termino el día mi alma pesa y me duele porque sabe que podría haber hecho  mucho más y no le dieron oportunidad. Ahora sólo se esfuerza por vomitar todo lo que contuvo e intenta no ver, no oír, no sentir. 
Me duele el alma hasta el punto de dolerme la vida. No hay nada que me pueda doler más y abarca más de lo que puedo soportar. Necesito dejar de sufrir.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Lo intento



Intento romper lazos  y dejarme ir pero no puedo, sé que ni la muerte podrá liberarme del dolor, ese que me aplasta el corazón y lo hace añicos.
Me miro y mi cuerpo se ha convertido en un saco de huesos y piel casi sin fuerzas para moverse y mi vida me viene tan grande que me cae encima hasta enterarme.
Mi cabeza no para de dar vueltas. Intento parar pero no consigo vaciarla. La idea de sólo dormir hace que desee permanecer en la cama, acurrucada y oculta del mundo bajo las sábanas durante todas las horas que tengo del día.
Que me duelan los ojos de tanto llorar no hace que el dolor de mi interior desaparezca aunque encontrar una razón para querer vivir se haya convertido en mi única razón de ser.
Mi vida son mis errores y esos pensamientos no dejan de perturbarme porque no me permiten renunciar y entender que lo pasado no significó nada o que la única que amó fui yo.
En mi mundo hoy no hay orden en ninguna parte, sólo caos, y en mi caos no hay leyes ni lógica. No hay nada en la locura que merezca confianza y lo que yo creo sólo me ata más a un mundo de ilusiones que nunca llegarán y donde el dolor me aterra.
He de soltar mis cadenas pero no puedo desprenderme de ellas sólo con desearlo. He de tomar de nuevo el control de mi vida y abrir la puerta de la prisión que me retiene, pero no sé cómo hacerlo..
Lo que siento es real, lo que vivo es real, lo que no creí posible ha ocurrido y quisiera que la verdad que vivo nada tuviera que ver con la realidad. Es difícil si no quiero dejar de ser como verdaderamente soy.
Podría leer en mis cicatrices y ver como mis heridas se niegan a cerrar y el dolor es lo único que hace que me sienta aún viva.
Nadie espera nada de mí, nadie necesita nada de mí, nadie quiere nada de mi… ni siquiera yo.




viernes, 23 de noviembre de 2018

Cada noche mi vida...


Entre el aparcamiento y mi casa no hay mucha distancia pero de camino, en el bar de la esquina, sonaba esto cuando pasaba. Era muy joven cuando la publicaron y hacía mucho que no la recordaba. Hoy tocaba doler, ya venía mal del trabajo, y me he visto llorando con deseperación en mitad de la calle.
Todo me supera.

ANSIOLÍTICOS



Los ansiolíticos no hacen desaparecer lo que nos absorbe energía, las ganas o la alegría. No hacen que nuestros problemas desaparezcan ni hacen que el sufrimiento se vaya para siempre. Los miedos nos carcomen y la infelicidad nos consume.
El médico me pone en la cabecera de mi cama una caja de Diacepam, que no puedo tomar porque si lo hago duermo tanto que no soy capaz de levantarme. Como si todo se solucionase con dormir. Bueno, a lo mejor sí si pudiera hacerlo para siempre. Es tentador poder dejar de pensar o de sentirme como me siento.
Esa tentación es tan grande que ha hecho que buscara con urgencia un profesional, que al fin y al cabo es alguien que te escucha y que conoce los mecanismos del cerebro. Sentirme tan hundida, tan vacía, tan desesperada como para que no me merezca la pena conservar la vida es lo peor que me podía pasar. Y si no supiera el por qué me encuentro así… pero es que lo sé. No creo que un chute de Serotonina me devuelva la alegría o las ganas de vivir sólo me hará creer que las tengo. Mientras, en mi cabeza, seguirán sonando los mismos ecos, las mismas palabras, visionaré una y otra vez lo que me ha traído hasta el agujero en el que estoy y en el que sigo callendo más profundo cada día y seguiré sin entenderlo y sin poder vivir con ello.No quiero vivir así.
Debería existir un medicamento para cada dolor de la vida. Pero ese dolor no es una enfermedad. Lástima.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Confesiones, solo mías.



El amor y el dolor son las mejores musas, si es que las tengo, para mí. No creo que sean la inspiración, al menos para alguien como yo, que sólo escribe para soltar lo que tiene dentro como mecanismo de ayuda porque lo que se me queda dentro, sea bueno o malo, me agobia  por la necesidad de contarlo y hay veces en las que mejor es callar ante los que tienes cerca que te quieren porque sufrirían por ti o porque nada les interesa más que sus propios amores o dolores. Por esa necesidad abrí en su día este blog, porque pensé que en algún momento un extraño lo leería y podría suceder eso de compartir las mismas inquietudes.  Y sigo en ello. Y agradezco las visitas tanto públicas como privadas. Seguiré escribiendo porque hablar de lo que siento lo hace menos real.
Hoy lo que quisiera compartir es que me faltan las ganas de vivir, que he vuelto a perderlas por enésima vez, pero que ahora ya estoy agotada, y que sólo el convencimiento de que una madre, mi madre, no debería ver morir a sus hijos me retiene en este mundo. He muerto tantas veces en vida que no me quedan fuerzas. Aprender y crecer ya no es suficiente, porque ni aprendo ni crezco, porque cada vez que me atrevo a comenzar algo que deseo, termino siendo quien pierde. Ya se me murieron las fuerzas del todo y ya no queda nada de mí.
Siento hoy tal desesperación que nada tiene sentido. Me siento tan vacía que nada me merece la pena. La vida ha vuelto a matar mis deseos de ser yo y me convierte en un alma en pena para el resto de mis días. He de descolocarme y soñar para ser alguien que no soy sino alguien que sueña. Y soñar no es bueno porque los sueños engañan, los deseos te defraudan, la vida no siempre parece justa y con los demás, si amas, o con aquellos que te dicen que te aman, no siempre aciertas y pierdes en el riesgo.
No tengo treinta años, es cierto, ni cincuenta… pero no escarmiento… y puedo enamorarme como si tuviera veinte y  puedo sufrir como si tuviera quince. La edad no es garantía para nadie ni de serenidad, ni de ser panacea para el dolor. El amor no tiene edad, ni voluntad, ni sentido, ni cordura, ni prejuicios ni perjuicios, ni talento, ni tiempo, ni razones, ni compromisos, ni obligaciones, ni culpas, ni siquiera sexo. Hoy lo sé porque me he enamorado de una mujer. No es que me gusten las mujeres, es que amo a esa mujer y aún amándome tampoco ha estado dispuesta a pelear nada por mí, como todos “mis hombres”.  A pesar de todo daría la vida por ella. Extraño pero sé que es amor. Lo demás está de más.
La verdad es que en mi vida el amor y el dolor han ido siempre de la mano y han sido esos, por unos y por otros, para bien o para mal, los únicos que la han levantado o los que han acabado con ella. Una noria en toda regla de la que siempre igual he deseado que parase o que siguiera girando hasta marearme. Siempre he sido yo y he arriesgado todo.
Hoy amo como no he amado nunca, hasta tal punto que, aunque sé que es para mal, mataré por última vez mi vida porque la tristeza y la desolación volvieron a hacer nido en mí. Y ahora sí que se quedan para siempre porque alguien lo necesita y porque a mí me faltan las ganas de volver.
 Como mi primer amor, mi último amor.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

"Mujer contra mujer"



Vivía en el convencimiento de que ya había amado hasta la locura y que no podría repetirse… hasta entonces. Aquel ser maravilloso que apareció en su vida sin previo aviso, sin necesidad de promesas,  había aceptado su espera sin condiciones con las esperanzas puestas en ese “poder algún día”.
En esos momentos toda una vida podría haberla resumido a pocos días. Nada significaba más que los instantes en los que podía disfrutar de su compañía aunque el tiempo se le escapara entre los dedos y siempre quisiera prolongarlo robando hasta el último minuto al día.
Sin darse cuenta apenas, las caricias a escondidas, los te amo en voz baja, las miradas, los besos mirando de reojo por si alguien llegaba, se convertían poco a poco en una tortura, maravillosa tortura, pero tortura.  Después de una caricia quería otra, después de un beso ansiaba otro, después de un te amo esperaba otro. Su amor había crecido tanto que entregarle más caricias, más besos y más te amo se estaba convirtiendo en necesidad, la necesidad de hacerla feliz.
Una noche, entre dudas y miedos, su deseo no pudo más y desabrochó los botones de su camisa. Quiso probar, y por primera vez, cada uno de esos trozos desnudos, sin composturas ni testigos, que le estaban prohibidos. Estaba tan cerca, tan cercana, que sabía que podría amarla sin reparos. Se atrevió y la besó. La besó con tanta pasión que olvidó todo lo demás. La amó infinitamente.
Una se dejó ver por entero mientras sentía todo su cuerpo recorrido con la yema de unos dedos que la amaban, de una boca que deseaba cada centímetro con un beso,  lentamente, rozando su piel desde los hombros a sus caderas hasta dejarla perder la sensatez. Se dejó llevar, y se dejó hacer, y se dejó querer. Un mordisco, otro beso, y un gemido de respuesta. Hasta que dijo su nombre y pidió… “para”. Su cuerpo no hubiera podido decir no antes aunque se lo hubiera pedido a gritos porque en ese momento no le importaba nada. Y la otra correspondió en la misma medida, con la delicadeza que sólo conoce quien ama de verdad,  y con su respuesta, esa que sabe lo que quiere y cómo lo quiere, consiguió que tocara el más dulce de los cielos, a ese que no podía recordar porque nunca había existido uno tan consciente y deseado. Consiguió que disfrutara del amor de forma distinta e intensa, la dejó amar hasta lo sublime y por increíble que le pareciera, en un abrazo agradeció a la vida el mejor presente que podía darle. Y ella estaba ahí… sueño o realidad pero estaba ahí. Fue una noche para no olvidar porque fue un regalo de amor para dos amantes, vírgenes de su primera vez.
Se marchó con un “hasta mañana” y un “duerme con una sonrisa” que nunca sonaron menos a despedida. Sólo un par de testigos perdidos entre las sábanas, pudieron dar testimonio de lo ocurrido. El más cruel de los sufrimientos y una cama aún más vacía, fue lo único que a ella le quedó.
Mejor pensar que soñó porque, y  aún no lo sabía,  ese amor ya había decidido no volver.