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domingo, 9 de diciembre de 2018

Lágrima sostenida



Sus besos acariciaban mis enfados y vencieron todos mis miedos arrancando de raíz mi amargura. Siempre hacía que se me erizara la piel levantándome el ánimo con la mayor de las dulzuras. Tomó la fuerza que me quedaba y se adueñó de mí.
Rumbos diferentes hacen que no termine nunca mi despedida y cada intento de olvido reconstruye mi deseo. La llevo debajo de mi piel, entre mis dedos, al final de mis sonrisas, en mi cansancio y en mi descanso… la frontera de mi libertad.
Es la última rosa que cae bañando de sangre un sueño, la agonía de un deseo que muere en silencio en mi boca. Me salvó la vida, la misma que ahora se ahoga por ella, por no poder entrar en sus recuerdos y enredarme en la realidad de sus deseos como el primer día y volver a ser lo que era, mi esencia, mi lágrima sostenida y mi canción dormida.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Mis barricadas



Si, mis días malos se van sucediendo casi sin interrupción con ideas que no quiero para mí.
El psicólogo, que pretende hable con él cada dos semanas, me aconsejó hacer un ejercicio mental al terminar cada día… revivir lo vivido durante esas veinticuatro horas y separar lo que me hace sentir bien y lo que no, y buscar algo  que no haya visto en su momento por lo que pueda considerar que ese día no estuvo tan mal. Ya sabemos que cualquier buen detalle puede hacerte olvidar todo lo malo, pero es tarea difícil porque hoy, mi vida se resume en trabajar e intentar dormir. Hacía mucho que no era así, la última mierda de este mundo.
Dormir, lo que se dice dormir, no consigo dormir mucho. Tres o cuatro horas a lo sumo y cuando despierto en mitad de la noche siempre son los mismos pensamientos los que llegan. Son como un resorte que no puedo controlar y que vuelven y vuelven. Al despertar son tan reales que me impiden volver a conciliar el sueño. Y vuelve el ahogo, la angustia y el llanto.
En el trabajo… bueno.  Desde hace mucho, trabajar en lo que trabajo no es motivo de alegría. Lo hago porque no sé hacer otra cosa, es lo que he hecho durante toda la vida, pero desde hace años, la huella de algo poco grato hizo que me resultara imposible. Hoy tengo un buen trabajo y el buen ambiente consiguió, no que me gustara… que creo que es algo improbable…  pero que no fuera algo desagradable. Mi dicha fué encontrarme con alguien que hizo que ir al trabajo se convirtiera en ilusión frente a todo lo demás. Es extraño porque cuando, por lo que sea, eres consciente de que en tu casa no eres feliz, tener que salir a trabajar se puede convertir en una salida, en un escape de la rutina o del desamor. Esta vez yo lo encontré en el trabajo. Llegó incluso a llenar tanto mi vida que consiguió que todo mereciera la pena para mí, incluido el esfuerzo que suponía ir a trabajar. Cualquier cosa era posible, cualquier problema ínfimo, y cualquier crisis superable.  Todo eso se convirtió para mí en amor y sé, y es lo único que sé, que eso es y será el motor que mueve mi vida y lo único por lo que me merezca la pena pelear.  Unos ojos, una sonrisa y unos mensajes de amor… trabajar de nuevo en algo que me mata, por primera vez, volvía a merecer la pena. La vida volvía a merecer ser vivida.
Pero… todo en esta vida se acaba, al menos en la mía. De la noche a la mañana todo dejó de ser maravilloso, parece que estoy destinada a ello, y mi trabajo y mi vida se vuelven a convertir en una pesada losa.  Nada me motiva, nada consigue ilusionarme y la hora en la que he de cruzarme con ese alguien se alza como la más amarga porque me ha vuelto a convertir en ajena, porque me trata como si nada hubiera ocurrido entre nosotros y porque decidió que debíamos pasar de ser dos personas que se aman a ser dos extraños que comparten trabajo. Y he de bajar los ojos, y mirar al suelo, ese desde el que me desmorono, para evitar una mirada por miedo a encontrar un amor que permanece y del que me han apartado como si no lo mereciera o fuera la elección fácil de tomar… y aún no tengo las razones que me ayuden a entenderlo…  o la de la compasión por lo que han hecho con mi vida  y que crece, y que me dolería aún más. Y no puedo evitar esconderme para soltar esas lágrimas que, para que mi corazón vuelva a latir con mediana quietud,  tanto me ahogan ante esa maldita normalidad. Mi fuerza no llega a tanto.
Tomamos decisiones sin saber cómo afectarán a otros ni qué será de sus vidas a partir de entonces.  Calibramos quien no nos importa y a quien acoger en nuestros brazos y no queremos tomar conciencia de la magnitud del daño o del beneficio. Sólo rezamos para que nuestra decisión no nos afecte demasiado mientras deseamos poder olvidar algún día. Yo lo sé bien, una vez lo hice y olvidarlo no he podido. Parece verdad que la vida no se queda con nada de nadie.
Han resumido mi vida a una hoja en blanco, en un sobre sin remite ni destinatario y no sé si llegaré a recuperar algún día mi yo y mi destino, pero sí sé que he de seguir viviendo y amando, a quien tenga que amar y viviendo como sea, en y con mi libertad, aunque me duela, y subiéndome a cualquier barricada que se me ponga por delante, aunque esa barricada sea yo misma o mi propia vida, aunque nadie quiera subir conmigo.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Confesiones, solo mías.



El amor y el dolor son las mejores musas, si es que las tengo, para mí. No creo que sean la inspiración, al menos para alguien como yo, que sólo escribe para soltar lo que tiene dentro como mecanismo de ayuda porque lo que se me queda dentro, sea bueno o malo, me agobia  por la necesidad de contarlo y hay veces en las que mejor es callar ante los que tienes cerca que te quieren porque sufrirían por ti o porque nada les interesa más que sus propios amores o dolores. Por esa necesidad abrí en su día este blog, porque pensé que en algún momento un extraño lo leería y podría suceder eso de compartir las mismas inquietudes.  Y sigo en ello. Y agradezco las visitas tanto públicas como privadas. Seguiré escribiendo porque hablar de lo que siento lo hace menos real.
Hoy lo que quisiera compartir es que me faltan las ganas de vivir, que he vuelto a perderlas por enésima vez, pero que ahora ya estoy agotada, y que sólo el convencimiento de que una madre, mi madre, no debería ver morir a sus hijos me retiene en este mundo. He muerto tantas veces en vida que no me quedan fuerzas. Aprender y crecer ya no es suficiente, porque ni aprendo ni crezco, porque cada vez que me atrevo a comenzar algo que deseo, termino siendo quien pierde. Ya se me murieron las fuerzas del todo y ya no queda nada de mí.
Siento hoy tal desesperación que nada tiene sentido. Me siento tan vacía que nada me merece la pena. La vida ha vuelto a matar mis deseos de ser yo y me convierte en un alma en pena para el resto de mis días. He de descolocarme y soñar para ser alguien que no soy sino alguien que sueña. Y soñar no es bueno porque los sueños engañan, los deseos te defraudan, la vida no siempre parece justa y con los demás, si amas, o con aquellos que te dicen que te aman, no siempre aciertas y pierdes en el riesgo.
No tengo treinta años, es cierto, ni cincuenta… pero no escarmiento… y puedo enamorarme como si tuviera veinte y  puedo sufrir como si tuviera quince. La edad no es garantía para nadie ni de serenidad, ni de ser panacea para el dolor. El amor no tiene edad, ni voluntad, ni sentido, ni cordura, ni prejuicios ni perjuicios, ni talento, ni tiempo, ni razones, ni compromisos, ni obligaciones, ni culpas, ni siquiera sexo. Hoy lo sé porque me he enamorado de una mujer. No es que me gusten las mujeres, es que amo a esa mujer y aún amándome tampoco ha estado dispuesta a pelear nada por mí, como todos “mis hombres”.  A pesar de todo daría la vida por ella. Extraño pero sé que es amor. Lo demás está de más.
La verdad es que en mi vida el amor y el dolor han ido siempre de la mano y han sido esos, por unos y por otros, para bien o para mal, los únicos que la han levantado o los que han acabado con ella. Una noria en toda regla de la que siempre igual he deseado que parase o que siguiera girando hasta marearme. Siempre he sido yo y he arriesgado todo.
Hoy amo como no he amado nunca, hasta tal punto que, aunque sé que es para mal, mataré por última vez mi vida porque la tristeza y la desolación volvieron a hacer nido en mí. Y ahora sí que se quedan para siempre porque alguien lo necesita y porque a mí me faltan las ganas de volver.
 Como mi primer amor, mi último amor.